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Sábado 26 de Noviembre de 2005

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Un nadador de la vida







Matías Torres aprieta los dientes, atrapa el aire, exige los brazos, apuesta el corazón. Las aguas del río Areco le avanzan sobre el cuerpo, le desafían la fuerza, lo quieren frenar. No hay caso: aunque se empecinan, las aguas ni pueden ni van a poder. A pesar de la brevedad de sus 18 años, hace rato que es un experto en pelear contra demasiadas cosas. Tiene el síndrome de Prader Willi, una afección genética que se manifiesta en uno de cada 15 mil nacimientos y que, desde siempre, definió quién es y cómo es. Acaso por eso mismo también siente clara otra cuestión: nada lo vencerá.

Empuja sus brazos Matías, esos brazos convencidos porque su historia con la natación empezó hace mucho. Mucho: tres lustros antes de este domingo 20 de noviembre en el que emocionó a centenares de personas cuando, con todo y contra todo, completó su recorrido en "El Reencuentro de los Delfines", la prueba que cada noviembre se hace en San Antonio de Areco. Tenía sólo tres cumpleaños y un futuro de incertidumbres el mismo Matías cuando sus padres, puro amor, lo arrimaron a la pileta del instituto Lemm de Temperley y encontraron una respuesta. Parecía que era poco lo que se podía hacer. Pero Matías, bien rodeado, bien querido, pudo. Y como entonces pudo, puede ahora, mientras transpira y acelera, acelera y transpira, a doce brazadas de la llegada en el río Areco.

Los movimientos finales de Matías envuelven en una ola de encanto a Norberto, su papá. El sabe cómo fue construido este presente parecido a otros presentes de más chicos que, como Matías, rompen límites de todo tipo puestos a nadar. Semana a semana, paciencia a paciencia, pileta a pileta, Norberto vio a Matías desafiar y derrotar dificultades y hacerse dueño del arte de nadar. Ahora, su voz es un testimonio: "Matías sabe que lo que consiguió no es sencillo. Es un estímulo pero no sólo para él. Cada uno de sus logros es un impulso para todos los que están alrededor. Lo suyo es un triunfo de la tenacidad pero también del espíritu solidario de la institución en la que se desarrolló".

Alguien enorme Matías, que ahora sí detecta los aplausos, oye como su nombre suena entre admiraciones en la garganta de otros y, empecinado, sigue nadando. Nada hasta el asombro, nada hasta la meta, nada hasta la vida.





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