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Miércoles 19 de Noviembre de 2003

Historias y Anécdotas

Mark Spitz







“Nunca te aplaudiré por salir segundo, hijo”
Con esta particular pedagogía, su padre, Don, aleccionaba al niño Mark. El más vanidoso, fanfarrón, insoportable y genial atleta de todos los tiempos no competía, ganaba. Pero, como todo pez, por la boca moría. Su primera gran hazaña en los Juegos del ‘68 –ganó dos medallas de oro, una de plata y una de bronce– se la comió con la bravuconada de pronosticar una cosecha de seis medallas. Cuatro años más tarde, en Munich aparecía como gran favorito. Venía de marcar 23 records mundiales, muchas veces superándose a sí mismo y todos esperaban su consagración.
La matanza de los 11 deportistas israelíes, a manos de fundamentalistas palestinos, terminó de canonizarlo. En su origen judío todos encontraron la reivindicación de la sangre derramada, y mientras la foto de sus siete medallas daba la vuelta al mundo, su figura se convirtió en símbolo de la competencia. El día previo a la final de los 200 metros, el equipo de entrenamiento de Spitz se enteró de que el nadador alemán Lampe se había afeitado la cabeza para bajar sus tiempos.
El entrenador de Mark trató de convencerlo de que se cortara el pelo. Cuando se dio cuenta de que su dirigido no dejaría que le metieran mano en su cuidada cabellera, intentó con el bigote. La respuesta de Mark fue lapidaria: “Soy una máquina perfecta y cada una de mis piezas son las que me hacen invencible. Mis bigotes me ayudan a nadar. Retienen el agua para que no entre en mi boca. Esa es su función”. Simplemente se adoraba. No hubiera hecho nada que atentara contra su imagen.

Casi veinte años después de su retiro, a los 41 años, el sábado 13 de abril de 1991 quiso volver para competir en los Juegos de Barcelona ‘92. Se enfrentó a Tom Jager, el más rápido nadador del momento. La carrera no tuvo demasiado sentido –el joven le sacó casi dos segundos–, pero en la rueda de prensa los cronistas se reencontraron con el viejo Spitz.
Un reportero de Los Angeles Times le preguntó por qué volvía, si era por el dinero o por la gloria. La respuesta fue otra vez contundente: “No es por el dinero. Tengo más plata de la que necesito... Pero mucho menos de la que merezco”.


 







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